Al presentar oficialmente a Hillary Clinton como su nueva secretaria de Estado, Barack Obama no ha podido evitar la obligada pregunta sobre la «evolución» de sus opiniones en torno a su formidable rival durante las primarias del Partido Demócrata, especialmente denostada por él en todo lo relacionado con polÃtica exterior. Entre sonrisas forzadas, el presidente electo se ha limitado a argumentar que «para la prensa resulta divertido remover las citas generadas en el curso de la campaña». Respuesta que no ha servido para contener las dudas y especulaciones sobre el complicado encaje de la ex primera dama dentro del nuevo gobierno de Estados Unidos.
Entre los más entusiasmados seguidores de Obama, la selección de Hillary ha resultado una contradicción adicional con todas las promesas electorales de cambio repetidas durante casi dos años. Un cambio que, en principio, no contemplaba una restauración de la marca Clinton en el poder ejecutivo de Washington. Al mismo tiempo, para los numerosos fans de la senadora por Nueva York, la decisión de Obama ha sido un acto de justicia. Sin que falten tampoco análisis más cÃnicos sobre la conveniencia polÃtica de mantener a los amigos cerca y, a los enemigos, todavÃa más cerca.





















































